Democracias amañadas

Vaya por delante, antes que nada, que esto no va de fantasías de pureza. Soy plenamente consciente de que la democracia, como todo sistema basado en la competición, está plagada de pequeños y grandes engaños. De trampas, apaños, intrigas ocultas y demás corruptelas. Como en los deportes, habrá quien se especialice en hacer faltas a escondidas, quien las simule, quien se dope o quienes acuerden resultados en los despachos. Los sistemas puros y perfectos pueden ser un objetivo orientado a mejorar, pero también son inalcanzables por definición. Los humanos no estamos hechos de esa pasta.

Pero un cierto grado de corrupción no impide que Djokovic sea un merecido número uno (aunque yo prefiera a Nadal) o que Barça y Madrid estén siempre arriba en la tabla de la liga de fútbol por jugar mejor. El sistema funciona. Y ese debe ser también nuestro objetivo en política, que el sistema democrático funcione a pesar de las muchas corruptelas.

La corrupción política ha de entenderse como el crimen o la enfermedad, algo que siempre existirá y contra lo que siempre se ha de luchar. La victoria no es que desaparezcan por completo, eso es imposible, la victoria es que no rija nuestras vidas, que sean una desagradable excepción.

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Así han sido tradicionalmente muestras democracias. Una competición entre políticos, que lideran sus equipos, los partidos políticos. Con los medios de comunicación y las instituciones, muy especialmente la Justicia, garantizando que en la práctica que el sistema funcione. Un juego de equilibrios interno a cada país y con un cierto grado de injerencia externa en forma de intrigas y guerras de propaganda.

Un sistema que, mal que bien, ha funcionado desde la Segunda Guerra Mundial, dando lugar a una etapa de avance de las democracias y aumento general de la prosperidad. Es razonable que Pinker sea optimista.

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Pero en los últimos tiempos este equilibrio parece haberse roto. El pluralismo mediático ha saltado por los aires, probablemente como un efecto indeseable de la globalización, que ha permitido alinearlos. Y los gobiernos e instituciones parecen responder cada vez menos a criterios democráticos. Nadie parece dispuesto a asumir el desgaste de defender las libertades.

Los regímenes dictatoriales vuelven a verse exitosos, ahí están Irán, Rusia, Venezuela o Turquía incorporándose al modelo. Con Ecuador o Bolivia a la cola. Y China se muestra cada vez más abiertamente expansiva y dominante.

La UE ha crecido inmensamente y nadie tiene claro cómo se elige a quién manda. Pero todos tenemos claro que manda Merkel, elegida por tan solo un 30% de los alemanes, un 5% de los europeos. Ahí lleva 15 años dirigiendo con un apoyo cerrado de los medios de comunicación. 15 años. Todo ello sustentado en una capa intermedia de representantes políticos muy fragmentada y manipulable que facilita que la elección de quién dirige no dependa directamente de la ciudadanía. Y con una ausencia general de limitación de mandatos, lo que permite afianzar los resortes en el control del poder.

A lo que hay que añadir sospechas puntuales respecto de algunos procesos electorales decisivos. Sin duda las hubo en algunas de las democracias derivadas en dictaduras, como Venezuela o Rusia. Pero también en España, cuando en 2004 se cambió de gobierno y bando internacional tras un atentado sobre el que la prensa nunca ha querido valorar posibilidades (11-M). O en las últimas elecciones en EEUU, en las que las denuncias de fraude del presidente vigente también se silenciaron.

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En ese entorno de falta de respeto a la democracia se pueden encuadrar los últimos movimientos políticos en España. Con las mociones de censura repentinamente de moda y exitosas.

La llamada nueva política trajo un aumento en la fragmentación de las cámaras en todo el país. Un mal que siempre habíamos sufrido, con los partidos nacionalistas, abiertamente antiespañoles, ejerciendo de llave en la formación de los gobiernos de España. Convirtiendo los parlamentos en una auténtica capa intermedia que elige a los dirigentes en función de sus propios intereses, particulares y de partido. Una capa intermedia que no controla al poder sino que lo sustenta, en vez del electorado.

Así llegó al poder Sánchez, a través de una moción lanzada sin previo aviso y apoyada en acuerdos ocultos. Con una promesa de elecciones inmediatas… que no se cumplió hasta que vio afianzado su poder. Así ha sido también la moción en Murcia, repentina, para que no de tiempo a llamar a las urnas. Así se temía que ocurriese en Madrid.

La base de todas estas mociones es siempre la misma, traicionar la voluntad de la ciudadanía. Es la forma de conseguir que quien se presentó asegurando que no pactaría con partidos secesionistas, lo pueda hacer. Que el voto contrario a Sánchez de Murcia o Madrid pueda súbitamente llevar al poder al PSOE. Por eso se realizan de forma repentina, una vez conseguido amañar un apoyo en la cámara e impidiendo la convocatoria de elecciones. Son una forma de establecer un gobierno que no contaría con apoyo mayoritario del electorado.

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Y ante este panorama, la prensa, la UE, o las democracias en general no reaccionan. Si acaso se ha visto alguna reacción en algunos políticos que rápidamente se han visto caricaturizados como ultraderechistas, con una enorme carga de odio hacia ellos en los medios.

Ni al crecimiento de China, el avance de las dictaduras en Iberoamérica, el aumento de la censura o la falta de pluralismo.

El mundo se deja adormecer por los cantos de sirena del multilateralismo, o por una supuesta corrección que no es más que ambición de poder particular de quien hoy no lidera. Y el peligro está ahí. Como siempre lo ha estado en la historia cuando el sistema se pervierte.

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