El fin de la época de las libertades

Hace 80 años, el 6 de enero de 1941, EE.UU. arrancó una nueva etapa en el orden mundial. Una fase caracterizada por la defensa, unilateralmente si era necesario, de lo que F.D.Roosevelt consideró los valores americanos. Concretados como las Cuatro Libertades: libertad de expresión, de fe, económica y de seguridad. Ninguna de esas libertades puede sobrevivir sin las otras tres.

Un compromiso que ha dado lugar a una época de progreso y prosperidad. Primero con la derrota de los totalitarismos racistas de la 2GM, después con la victoria sobre el totalitarismo comunista en la Guerra Fría y finalmente con una fase de globalización de la prosperidad que ha permitido reducir como nunca antes el porcentaje de personas que viven bajo la pobreza y la opresión violenta.

Pero con la prosperidad, la paz del primer mundo y la desaparición de los viejos enemigos, ha vuelto el predominio de la ambiciones personales y nacionales. Estados Unidos sufre un ataque cultural que amenaza su autoestima y voluntad de liderezgo. Europa vuelve a anteponer sus ambiciones nacionales al mantenimiento de un orden mundial, primando el control franco-alemán de la UE y su competición con América. La dictadura China amenaza con un nuevo totalitarismo de corte nacionalista. Y en el mundo en general, ante la falta de directriz, crecen las dictaduras: Venezuela, Irán, Turquía, Rusia…

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En este cuadro apareció la figura de Trump, intentando mantener el viejo orden. Denunciando el ataque a la libertad de expresión que suponen unos medios de comunicación que falsean constantemente la realidad en contra de los valores americanos. Recuperando la defensa frente a la expansión de las dictaduras agresivas, rectificando la estrategia de apaciguamiento de la anterior administración Obama. Y sufriendo la oposición de una UE que utiliza el discurso de multilateralismo y la corrección política para anteponer la erosión de la hegemonía americana a los escrúpulos democráticos.

Pero Trump ha sufrido una derrota derivada, probablemente, de un fraude electoral. Viable por su casi absoluta soledad política y mediática. Y parece haber caído definitivamente el 6 de enero de 2021. Justo en el 80 aniversario del discurso de Roosevelt, del Four Freedoms speech. Por sus propios errores al convocar una manifestación ante el Capitolio para apoyar la denuncia de fraude electoral. Una manifestación que no controló y desembocó en vandalismo. Un peligro inherente a su estrategia, la movilización de la sociedad con un discurso emocional-populista. Y que, por supuesto, contó con la participación de sus muchos enemigos, que colaboraron tanto en el descontrol (grupos infiltrados, desmovilización policial…) como en su exageración posterior con distorsionadas acusaciones de golpismo o de vandalismo intencionado.

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¿Qué podemos esperar del futuro? Nada bueno, imagino.

Igual que en España se tacha gratuitamente de fascista al partido de una víctima de ETA como Ortega Lara y a la vez se califica de hombre de paz a un terrorista que no ha rectificado como Otegi, a un golpista como Junqueras o a un colaborador de la dictadura venezolana como Iglesias… lo mismo está ocurriendo en EEUU.

Quienes están bajo sospecha de fraude electoral no solo no han colaborado lo más mínimo en su investigación y esclarecimiento. Todo lo contrario, han arrancado una campaña de censura mediática de quienes lo denuncian. Y, tristemente, está triunfando. Parece claro que la primera libertad en caer va a ser la libertad de expresión. Ya se venía viendo en los últimos años.

Y tras ella lo normal es que caigan el resto. La libertad de culto, la económica y por fin el derecho a que el sistema defienda la seguridad. Lo hemos visto en Venezuela, lo vimos en su día en País Vasco, y todo apunta a que se extenderá a medida que EEUU pierda su estabilidad y renuncie a influir en el orden mundial.

Apuesto a que pronto hablaremos de la inevitable decadencia de América y su sustitución por China como líder mundial. De la necesaria colaboración con la dictadura venezolana. O de la maldad intrínseca de cualquier gobierno europeo que no se pliegue a hacer seguidismo de lo que dicte Alemania.

Malos tiempos. Pero, si me lo pienso, para los españoles esto viene de atrás. Yo, de niño, viví la caída de la dictadura y el triunfo de la democracia con la Transición. Pero desde entonces todo han sido derrotas de la democracia. Primero su derrota en País Vasco frente a un nacionalismo violento y adoctrinador. Ahora el desprecio a la Transición democrática en toda España frente a una alianza de izquierda y nacionalistas.

Me temo que echaremos de menos la etapa de las cuatro libertades. Ochenta años de progreso colaborador que animaban al optimismo, que diría Steven Pinker. No sé en que acabará, pero las etapas de cambio y destrucción de un orden no suelen ser en las que mejor se vive. Malos tiempos.

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