Sapiens, el poder está en los media

Antes que nada, recomiendo la lectura de “Sapiens. De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad“, de Yuval Noah Harari. Un libro sugerente que no creo que busque tanto confirmar teorías como plantear posibilidades. Y, aunque esté lleno de errores a mi entender, también está lleno de excelentes aciertos.

El principal acierto es comprender cuál es la base del éxito de nuestra civilización, su fuerza diferencial: la capacidad de colaborar en un objetivo común, de alinear las acciones de muchos individuos. Y el cómo se consigue: a través de la creencia compartida de ficciones.

Según su planteamiento, es probable que los neandertales fuesen más fuertes, inteligentes y eficaces que los sapiens. Pero no tenían la capacidad de alinear sus acciones más allá de la colaboración entre conocidos. Algo que limitaría los grupos de acción a unos cientos de individuos. Los sapiens, como diferencia, como revolución cognitiva por decirlo con palabras de Harari, incorporaron la creencia grupal en ideas, en ficciones. Así, por ejemplo, una idea del tipo: Dios nos ha creado a los sapiens para dominar el mundo y debemos acabar con los Neandertales, sería una ficción que tendría la capacidad de convertirse en una profecía autocumplida. Los sapiens podrían perder muchas batallas contra los neandertales, pero su insistencia en atacarlos y su capacidad de agrupar a miles de individuos para la batalla acabaría exterminándolos.

Parte de estas ficciones compartidas son lo que denominamos creencias o ideologías y suelen ir acompañadas de una simbología de apoyo (banderas, colores, iconos…).

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Hay que tener claro que esta capacidad de compartir ficciones está orientada a la unidad de acción, no al beneficio individual. Puede proporcionar ventajas evolutivas a la especie, como hemos comentado respecto de los neandertales. Pero también puede causar perjuicios personales, como los sufridos por los miles de sapiens lanzados a guerras muchas veces innecesarias. Facilita alcanzar objetivos, pero los objetivos no tienen por qué ser beneficiosos para los individuos, también pueden ser perjudiciales.

Por ese motivo, es importante valorar las ficciones compartidas no solo por su capacidad movilizadora sino también desde un punto de vista del efecto práctico personal. Analizar no solo cuánto nos mueven sino también adónde nos llevan.

Y se pueden valorar sin necesidad de creer en ellas. Por ejemplo, alguien podría creer que el cristianismo es una ideología práctica y apoyarla sin ser creyente. O rechazar otras ideologías por sus contrastados malos resultados sin dejar de apreciar sus elementos atractivos. La capacidad de cautivar de una ideología muestra su fuerza como ficción grupal, pero no su conveniencia personal para vivamos bien en términos de seguridad, bienestar económico, posibilidades de desarrollo personal…

Es decir, conviene diferenciar las dos facetas de las ficciones grupales. Cuanto nos moviliza, lo que tendrá mucho que ver con su fuerza emocional, y qué efectos produce, lo que está más relacionado con un análisis racional práctico.

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La historia nos muestra ejemplos sociedades regidas por ficciones de todo tipo, constructivas y destructivas. Con consecuencias a veces muy positivas en términos de personales y otras veces dramáticas. Todos conocemos los ejemplos de etapas de crecimiento del bienestar y la seguridad y ejemplos de brutales genocidios y regímenes basados en el terror. Por eso es importante atender a cómo se propagan esa ficciones compartidas.

La libertad de expresión se refiere justo a eso. Tiene que ver con evitar que un grupo concreto de personas controle qué ficciones se pueden expresar y cuáles no. Porque quien controlase lo que se puede divulgar podría arrastrar a toda la sociedad hacia donde quisiese, por absurdo y autodestructivo que fuese el relato. Es más, el monopolio de la expresión suele arrastrar a la autodestrucción, ya que la amenaza y la violencia sirven para afianzar la capacidad de monopolizar.

La libertad de expresión es lo que permite a una sociedad contrastar ficciones y tener la oportunidad, no siempre aprovechada, de valorarlas en términos prácticos. El monopolio de la expresión, por bueno que nos parezca que mensaje expresado, es siempre un peligro.

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Es decir, hay ficciones que nos resultan beneficiosas y otras que no lo son. Y pocas ficciones tan prácticas como la de la libertad de expresión, una idea más. Como decía Popper, la ventaja de las democracias es que son sistemas abiertos, es decir, abiertos a cambios. Son sistemas en los que la posibilidad de expresar distintas ficciones permite contrastarlas e ir modificando la dirección del grupo. Los sistemas cerrados son vehículos sin volante, que pueden coger mucha velocidad dada su enorme unidad de acción, pero no pueden corregir la dirección cuando avanzan hacia el abismo.

La libertad de expresión se suele plantear como que todas las ideas puedan expresarse y difundirse. Pero en realidad, como ficción conceptual que es, no se suele cumplir de forma absoluta. En la práctica suele consistir más bien en que no haya monopolio de ideas, verdades incuestionables. El riesgo siempre está en que alguna de esas ideas desplegadas, muchas de las cuales tendrán como objetivo monopolizar la expresión y acabar con la libertad, consiga silenciar al resto.

El peligro no está tanto en las malas ideas sino en que alguna consiga monopolizar la expresión. Los individuos no son tontos y acaban desestimando las malas ideas… siempre y cuando se mantenga la capacidad grupal de contrastar ideas. Como suele decirse, la libertades se pierden cuando los individuos dejan de defenderlas. Y a veces las sociedades se dejan llevar por la bonanza o por la ansiedad y dejan de defender la libertad de expresión, la primera libertad y la base de todas las demás.

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Todo esto viene a cuento de lo que estamos viendo estos días en las democracias occidentales. La corrección política entendida como un conjunto de verdades incuestionables apelando siempre a un supuesto bien común superior. El monopolio de opinión imperante en las empresas de medios de comunicación y redes sociales. La censura como herramienta cada vez más aceptada. La utilización de colegios, universidades e instituciones públicas en general para afianzar ficciones sectarias como incontestables, realizando un marcado ideológico de los territorios a través simbología partidista, manipulación de la historia o imposición de lenguas como estandartes doctrinarios…

Y para evitar ese riesgo es imprescindible que nadie pueda monopolizar las herramientas de comunicación. Que no se pueda silenciar en la práctica a quien opina distinto. Siempre habrá quienes censuren y amenacen a quienes se les oponen, pero conviene impedir que dominen el entorno de la comunicación. Por ilustrarlo con dos imágenes de actualidad:

Las libertad de expresión conviene defenderla nos guste o no lo que se exprese. La censura conviene rechazarla con vigor, sin dejarnos adormecer por el hecho de que nos parezca muy correcta la idea dominante a la que se apela para censurar. Y eso solo es posible con un equilibrio de poderes en el entorno mediático, sin monopolios de facto en la propiedad capaces de uniformizar la opinión correcta. Y me temo que esa defensa de las libertades ya no existe, que están en serio riesgo.

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2 comentarios sobre “Sapiens, el poder está en los media

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