¿Colectivo como asociación o como clase social?

El término colectivo se maneja últimamente con una cierta ambigüedad.

Unos lo utilizan para referirse a asociaciones concretas, como por ejemplo COVITE (Colectivo de víctimas del terrorismo), una organización que agrupa a muchas víctimas del terrorismo pero no a todas, claro. Existen también la AVT, la Asociación 11-M Afectados Terrorismo y muchas más. Todos ellos colectivos que representan intereses comunes de víctimas del terrorismo, pero cada una con su enfoque particular, muchas veces opuesto entre unas y otras.

Este tipo de asociaciones son imprescindibles en política, ya que permiten dar visibilidad y fuerza a opiniones y exigencias compartidas. La unión hace la fuerza y la democracia se sostiene en el equilibrio entre poderes, cuantos más, mejor.

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Pero hay otra utilización del término colectivo que es perversa y genera más mal que bien. Es la de colectivo como supuesta clase o grupo social. Como una forma de colectivización de los individuos.

Esta interpretación se utiliza muy habitualmente con intención manipuladora, para erigirse en la supuesta voz de todos aquellos que tienen una determinada característica. Un engaño que uniformiza a quienes colectiviza para luego utilizarlos como ejército contra quienes dicte su interés partidista. Es decir, limita la libertad de quienes pretende representar y agrede a quienes marca como enemigos del supuesto colectivo.

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Esta segunda acepción se está utilizando últimamente de forma habitual en la izquierda, aunque no siempre se diga claramente. No en vano la lucha de clases tiene una sencilla traslación hacia la lucha de colectivos. Tampoco existió nunca una clase obrera, sino trabajadores a los que unas organizaciones políticas pretendieron colectivizar para luego dirigirlos a voluntad.

Se ve esta colectivización hoy día, entre otros, con el antirracismo (BLM), con el anti-machismo (feminismo radical) o con el movimiento contra la homofobia por la libertad de diversidad sexual (colectivo LGBTI). En todos estos casos, organizaciones y políticos se arrogan la representación de todos los individuos con una característica y desde esa posición de superioridad:

  • expulsan del colectivo a quienes ellos deciden (como en la expulsión de Cs de la manifestación por el Orgullo Gay o el habitual rechazo hacia las mujeres de derechas por parte de organizaciones feministas)
  • se saltan la ley (disturbios con agresiones y destrozo de propiedad pública y privada)
  • exigen que los demás satisfagan sus demandas, como sin fuesen derechos (colocar su simbología dónde y cuando ellos lo decidan, abrir las puertas de colegios y medios a sus organizaciones…)
  • descalifican y agreden a quienes señalan como enemigos del colectivo (ataques a Vox por una supuesta homofobia al no acatar sus demandas)

Una colectivización que se ve apoyada por una hipocresía que ha llegado a tener grado institucional (solo hay que recordar las presiones de la UE a Orbán por no abrir las puertas de los colegios a las organizaciones LGTB o la censura de Twitter o Facebook a quienes ellos consideren políticamente incorrectos). Apoyándose a su vez en un puritanismo intransigente que se aplica de forma totalmente partidista.

Colectivización, hipocresía institucional y puritanismo sectario. Tres facetas de una misma realidad.

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