
Tal y como indico en mi libro Izquierda globalista y reacción global patriota, en Occidente se ha consolidado la influencia de un conjunto de actores cuyos intereses convergen: un poder financiero monopolista, sectores ideológicos de izquierdas (en particular los vinculados al Socialismo Fabiano) y redes de influencia histórica como la masonería. A este entramado se le denominó en el pasado “poder financiero internacional” y hoy suele conocerse como izquierda globalista o, sencillamente, los Globalistas. “Izquierda” por su orientación ideológica dominante y “globalista” porque uno de sus objetivos centrales es debilitar la soberanía de las naciones en favor de organismos supranacionales como la ONU.
Los excesos de sus agendas —tanto ideológicos (ideologías identitarias woke, multiculturalismo, antiamericanismo que deriva en antioccidentalismo, alarmismos como el climático) como de erosión nacional (inmigración masiva, decrecimiento económico, inseguridad favorecida por una permisividad judicial y policial, y multilateralismo)— han generado en las sociedades occidentales una reacción de defensa de las naciones tal y como existían antes de este proceso. A esta reacción se la ha llamado reacción patriota.
Este es el punto de partida del artículo: en todo Occidente se libra una batalla, cada vez más explícita, entre fuerzas alineadas con la izquierda globalista y fuerzas de reacción patriota. Incluso partidos, medios y asociaciones que inicialmente no se definían según este eje se ven progresivamente obligados a posicionarse.
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Una vez dibujado el cuadro general, pasemos al detalle actual de esta confrontación.
Hace unos años el control globalista era casi general en Occidente: en América, desde Trudeau hasta el Grupo de Puebla o el Foro de São Paulo, pasando por el Partido Demócrata de Obama y Biden; en Europa, con una combinación de partidos socialistas y populares bajo la órbita globalista. Las escasas oposiciones (Trump, Bukele u Orbán) eran presentadas como figuras marginales y ridículas.
Hoy la reacción patriota ha crecido y ya predomina en buena parte de América. Quedan pendientes Canadá (Carney), Brasil (Lula, más de izquierda radical que globalista en sentido estricto) y Uruguay (Orsi). En Europa el proceso va con cierto retraso, pero se observa el avance de formaciones patriotas en Alemania (AfD), Francia (RN), Reino Unido (Reform UK y Restore Britain) y, de forma más incipiente, en España (Vox).
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¿Cómo reacciona la izquierda globalista ante esta pérdida de poder?
Se trata de un conjunto de actores orientados al poder. Mientras gobiernan promueven una estabilidad relativa (ya que alimentan por el conflicto identitario estructural, permanente). Cuando pierden influencia, tienden a favorecer el caos. Al estilo de los Lannister en Juego de Tronos, siembran inestabilidad con razias en los territorios rivales para que la sociedad perciba que sólo bajo su dominio es posible una cierta paz, aunque ésta sea opresiva.
Para generar esa inestabilidad suelen apoyarse en grupos extremadamente violentos que, sin ser necesariamente globalistas, crecen a su sombra, con su respaldo financiero, político y mediático: la izquierda radical y grupos islamistas.
A esto se suma la antes citada inestabilidad interna que se ha ido construyendo en los países occidentales mediante cuatro elementos básicos:
- Inmigración masiva y descontrolada procedente de culturas de difícil asimilación.
- Multiculturalismo que rebaja la exigencia ética común y fomenta la permisividad hacia grupos considerados “oprimidos”.
- Victimismo pasivo-agresivo de corte identitario woke, que alimenta el odio antioccidental y el autodesprecio.
- Décadas de permisividad policial y judicial que alienta y normaliza la violencia.
Los países de Occidente se han convertido, en buena medida, en bombas de relojería… y los globalistas controlan, en gran parte, el mecanismo del reloj. El resultado parece, como mínimo, funcional a sus intereses.
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Una vez planteado el cuadro general y la situación actual, llegamos al motivo principal de este artículo: el origen de la violencia que vemos en las calles.
La violencia contra el ICE en Estados Unidos, las revueltas violentas en Francia con extensión a Italia y Bélgica, los ataques a actos de Vox y la ocupación de plazas centrales en España… Las calles empiezan a arder. ¿Por qué?
La explicación aparece casi sola una vez entendido el entorno: ante la pérdida de poder, los globalistas (a través de grupos alineados con ellos) están impulsando y tolerando la violencia callejera. Ya existen informaciones sobre financiación de organizaciones violentas a través de las habituales redes asociadas a Soros.
Es blanco y en botella. Sin embargo, creo que se han precipitado. Esta pataleta globalista se ha adelantado en Europa, se ha precipitado. Lejos de intimidar a la reacción patriota, solo la acelerará. Y los nuevos gobiernos no serán permisivos con la violencia, no facilitarán la inmigración ilegal ni fomentarán ideologías identitarias autodestructivas, no harán viable a los globalistas su despliegue de la violencia. La reacción patriota no es en absoluto lo mismo que la derecha tradicional, acostumbrada a transigir con las ilegalidades globalistas.
¡Viva la libertad, carajo!
¡Basta ya de agendas globalistas!
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