
La gente suele ser notablemente estable en sus posiciones políticas. Las mantiene incluso cuando los hechos las contradicen una y otra vez. Una explicación plausible es que no analizamos la política pieza a pieza, sino a partir de un marco previo: una forma de entender de qué va el juego.
Ese marco no es un detalle menor. Ordena los hechos, decide quién está “del lado correcto” y quién no, y filtra lo que se considera una concesión razonable y lo que se vive como una traición. Por eso dos personas pueden coincidir en un diagnóstico concreto y, aun así, votar de forma opuesta.
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Un primer marco, el mío, interpreta la política occidental como una batalla entre una oligarquía globalista que pretende dirigir la sociedad a su conveniencia y unos políticos “patriotas” que reaccionan rechazando esas manipulaciones. Desde esa lectura, formaciones tan distintas como Vox, AfD, Le Pen, Milei o Trump quedan del mismo lado. Pueden discrepar en decisiones o planteamientos concretos; eso no los saca del campo correcto.
El criterio no es la afinidad programática total, sino la posición relativa frente a ese poder percibido como manipulador.
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Un segundo marco podría ser el que distingue entre lo “razonable” y lo “radical” o poco colaborador. Encaja bien con gran parte del electorado del PP. Puede rechazar lo que hacen socialistas, nacionalistas o islamistas, pero no acepta que ese rechazo se traduzca en un enfrentamiento práctico. Por eso no vota a Vox aunque muy a menudo comparta decisiones o diagnósticos concretos. En el plano abstracto, Vox queda asimilado a lo disruptivo: tan problemático como los nacionalistas o los islamistas y, de forma llamativa, a veces incluso peor que el PSOE que mantiene para ellos una imagen errada pero no radical.
El valor superior no es vencer a un adversario, sino preservar una idea de normalidad y colaboración institucional.
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Un tercer marco, propio del socialismo, organiza el tablero en buenos y malos. Ellos ocupan el lugar de los buenos: generosos, tolerantes, fraternales. Que la práctica contradiga con frecuencia esa imagen no desmonta el esquema. PP y Vox son los malos, esencialmente malos. Nacionalistas, comunistas, islamistas y figuras afines no son malos del todo: son ovejas descarriadas, menos buenas, recuperables.
El conflicto no se lee como una disputa entre proyectos incompatibles o más o menos viables, sino como una lucha moral en la que el propio campo ya tiene asignada la virtud.
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Queda, por último, el marco de las posiciones con tendencia fanática, de creencia absoluta. Ahí entran el comunismo, el nacionalismo o el islamismo.
El mundo se divide entre creyentes —que siempre agradecen encontrarse entre si— y no creyentes, que pueden generarles menosprecio, rechazo o incluso miedo.
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Estos marcos generales sostienen la agrupación de la sociedad en bloques de apoyo político relativamente estables. No hace falta que cada votante comparta todas las medidas de su partido. Basta con que el marco le diga quién representa el tipo correcto de política y quién amenaza la forma en que entiende el juego. Mientras ese mapa mental se mantenga, los hechos aislados rara vez bastan para cambiar de bando.
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