
Es llamativo que la faceta más inquietante de Pedro Sánchez —su ausencia de escrúpulos y empatía ante las tragedias— no sea la que más se subraye en el debate público.
Yo lo vi claro por primera vez durante la gestión del COVID-19. A pesar de que la pandemia ya era una amenaza evidente, el Gobierno no desconvocó las manifestaciones del 8M. Aquella decisión, que priorizaba la agenda ideológica sobre la salud pública, marcó un antes y un después para mí.
El caso que más me impactó, por su crudeza y proximidad, fue el de la DANA de Valencia. Tres días de espera angustiosa para que enviara la ayuda a una zona gobernada por el PP. Imágenes de pueblos devastados, familias destruidas y la respuesta institucional bloqueada. Parecía estar diciendo a los valencianos: no haber votado al PP.
Pero los ejemplos se acumulan. Las cifras asociadas a la inmigración descontrolada son escalofriantes. Las violaciones han pasado de 1.387 al año a 5.206: de 3,8 diarias a 14,2. Eso significa que, cada día, hay aproximadamente diez violaciones más que no se habrían producido sin la política de fronteras abiertas. Cada día, diez vidas destrozadas.

No son números abstractos: son personas reales cuya tragedia se puede vincular al interés político. Se hace, sencillamente, porque la inmigración masiva es una de las agendas globalistas.
Y ahí no terminan las muertes ni los dramas. Al aumento artificial de la población se suma la desviación masiva de recursos públicos hacia agendas globalistas. El resultado es previsible: colapso de servicios esenciales. Las listas de espera en hospitales se disparan, tragedias como la de Adamuz se repiten y hasta hemos sufrido un apagón total. Es cierto que en política, en general, se puede señalar una muerte concreta y decir “a este lo mató el Gobierno”. Pero cuando el deterioro supera con creces lo razonable y la única causa clara es la mala gestión derivada de prioridades políticas, la responsabilidad política existe. Y es grave.
En el plano internacional, el patrón se repite. Sánchez mostró una frialdad notable ante los vídeos de los asesinatos masivos de Hamás el 7 de octubre, para después alinearse cada vez más con las posiciones del grupo terrorista. Mientras se presentaba como pilar del apoyo a Ucrania, España aumentaba sus compras de gas ruso.Y siempre ha buscado una relación lo más colaborativa posible con las sangrientas dictaduras de Cuba y Venezuela. En el exterior, Sánchez tampoco duda: siempre se alinea con los suyos, con el bloque globalista, no importa el coste humano.
Son tantos los casos y tan graves las consecuencias que resulta sorprendente que su apodo no sea, simplemente, Pedro Muerte.
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P.S.1 (30 junio 2026): Vemos actualmente que las autoridades de Venezuela, ante el trágico doble terremoto, han estado no sólo no ayudando sino bloqueando la ayuda.Y aprovechando para robar.
En realidad Orwell ya lo avisó. La izquierda siempre acaba siendo criminal. Él lo vivió en la Guerra Civil española y lo relató en Rebelión en la Granja y en 1984. Imagino que la lógica es la siguiente: la gente que se acerca a la sensibilidad de izquierdas no es mala de por si, pero el tipo de sistema que establece hace que siempre acaben llegando arriba auténticos psicópatas dispuestos a cualquier cosa por el poder.
Recuerdo en mi infancia, cuando ETA, también de izquierdas, mataba un día sí y otro también. Algunos rectificaban y se alejaban de la violencia, pero el sistema era perverso. El que se alejaba dejaba de ser ETA. ETA era siempre el que más mataba. Esa es, al final, la lógica que acaba imponiéndose siempre con la izquierda.
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La estela del 11-M.
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