
Durante décadas se ha mantenido en todo Occidente un mismo relato de izquierda contra derecha, progresistas contra conservadores. Una división cómoda que facilitaba a un poder internacional, los hoy conocidos como globalistas, influir en la política sin ser percibidos como parte de los actores, quizá incluso como la dirección en la sombra. Pero en algún momento, tras la caída de la URSS, entre el 11-S estadounidense y el 11-M español, con la formación de un eje francoalemán algo cambió. Y lo que vemos en la actualidad, con la aparición de las redes sociales, la Agenda 2030 (2015) o el auge de Trump y los diversos partidos patriotas, ya no es el escenario ideológico clásico, sino algo distinto, y mucho más cercano a la realidad: globalistas que buscan controlar la sociedad, planificando desde la sombra, y una reacción patriota que defiende las naciones democráticas, imperfectas, pero con contrapoderes reales. Sociedades abiertas al cambio frente a su enemigo planificador, hubiese dicho Popper.
La izquierda tradicional —la que hablaba de obreros y redistribución— ha sido sustituida por una izquierda globalista que prioriza la disolución de fronteras, la ingeniería social identitaria y la planificación supranacional.
La derecha tradicional —la que defendía el mercado libre, la familia y las naciones democráticas de tradición cultural cristiana— también ha sido colonizada en buena parte: ha convertido el cristianismo en “buenismo cristiano” que acepta todos los valores que propone la izquierda. Desde el multiculturalismo que acompaña a la inmigración masiva hasta las ideologías identitarias woke. Conservadores que asumen como inevitable la constante descalificación pública del cristianismo y guardan reverencia ante la nueva religión simbolizada por el anillo multicolor: la llamada Agenda 2030 y sus arbitrarias exigencias de una supuesta corrección política.
Lo que queda es un nuevo paradigma:
- De un lado, los globalistas: una alianza entre la izquierda reformista fabiana y las élites financieras anglosajonas que busca controlar el mundo desde tecnocracias supranacionales (UE, ONU, Foro Económico Mundial). Y a la que se adhieren, tácticamente, tanto la extrema izquierda bolivariana iberoamericana como el islamismo chiita en Oriente Próximo. Su objetivo es implementar progresivamente una gobernanza global planificada que sustituya la soberanía de las naciones. Fomentando para ello un reemplazo poblacional que erosione los sentimientos nacionales y donde la propiedad privada se transforme en un acceso a los recursos controlado por el Estado y los grandes poderes financieros (“no poseerás nada y serás feliz”).
- Del otro, los patriotas: liderados por dirigentes variados, sin pertenencias ni ideología común, pero que coinciden en la defensa de las naciones democráticas (las únicas democracias que existen, porque es el único entorno donde hay una ciudadanía que vota, hay contrapoderes, se legisla y hace cumplir las reglas y se cambia a los dirigentes a voluntad). Por eso se caracterizan por querer medios de comunicación realmente diversos, soberanía nacional con fronteras defendidas, identidad cultural que sostenga las naciones y los avances en derechos y libertades de Occidente, economía al servicio del ciudadano y rechazo a unas agendas reglamentistas impuestas no se sabe por quién.
Este libro nace de esa observación: el eje real del siglo XXI ya no es izquierda-derecha, sino planificadores supranacionales vs democracias nacionales. No es una teoría conspiranoica; es la constatación de cómo se ha reorganizado el poder tras la Guerra Fría. De cómo un aparente poder globalista se ha centrado en la estrategia de que la mejor forma de gobernar es sin elecciones nacionales reales, mediante burocracias, ONGs, grandes corporaciones y narrativas emocionales que disfrazan su control como “progreso” o “sostenibilidad”.
La reacción también está en marcha. Trump, Milei, Meloni o Abascal ya no son elementos aislados: representan un movimiento global que también se coordina, rechaza controles supranacionales como el de la Agenda 2030 y defiende las naciones democráticas como único contrapoder real frente a la planificación impuesta desde arriba. Consciente de que, como explicó Popper en 1945 en La sociedad abierta y sus enemigos, la sociedad abierta —la que permite el error, la crítica racional, los contrapoderes y el cambio pacífico— es incompatible con cualquier forma de planificación totalitaria, algo que sin embargo hoy se defiende como corrección política. El enemigo no es una ideología concreta, sino la pretensión de planificar la sociedad desde la sombra apelando a una pretendida superioridad moral y eliminando su única oposición: las soberanías nacionales.
Este libro no pretende demostrar con pruebas irrefutables la existencia de una planificación orquestada desde las sombras. Eso queda fuera de mi alcance y probablemente del de casi cualquier persona que no tenga acceso a archivos clasificados o a las conversaciones privadas. Lo que sí pretendo es presentar una hipótesis coherente y posible: que es verosímil la existencia de una coalición de intereses —no necesariamente un “comando central” único, pero sí al menos una colaboración a partir de una convergencia de objetivos— que empuja hacia la disolución de las soberanías nacionales y la planificación supranacional. Una hipótesis que, aunque no esté demostrada, tiene un valor porque explica más hechos de la realidad actual que las diversas narrativas oficiales. Es un modelo, una descripción del marco político, que intenta ser parsimonioso: con menos supuestos explica más fenómenos observados. Y eso, en ciencia y por lo tanto en política, ya es un criterio de validez preliminar.
En la película El Padrino, Vito Corleone le dice a su hijo Michael, poco antes de morir: “Now listen, whoever comes to you with this Barzini meeting, he’s the traitor. Don’t forget that” (“Escucha, quienquiera que venga a proponerte esta reunión con Barzini, ese es el traidor. No lo olvides”). No tenía pruebas definitivas, pero confiaba en que su análisis de la situación era coherente y la alternativa —esperar a tener las evidencias de la traición— habría llegado demasiado tarde. Mi análisis de los Globalistas busca hacer algo similar: no esperar a tener todos los documentos secretos o las grabaciones ocultas (que probablemente nunca veremos), sino proponer una lectura coherente de los hechos observables que permita anticiparse y reaccionar a tiempo. Porque cuando la intriga está en marcha, la prueba irrefutable suele llegar cuando el daño ya es irreversible.
Me gustaría resaltar dos facetas más de este análisis. La primera es que considera que muchos hechos que se presentan a la opinión pública como errores o torpezas (por ejemplo, haber alimentado económicamente a Putin con el Nord Stream o la dependencia energética europea tras el cierre de centrales nucleares) no pienso que lo sean en realidad. En la esencia de los globalistas está el mentir, y achacar un acto al error es un recurso habitual para disfrazar la verdadera intención: para un político suele ser mejor parecer tonto que malo. La segunda es que algunos hechos relevantes brillan por su ausencia en este libro, como el atentado del 11-S o el COVID. Simplemente aún no los he entendido lo suficiente como para integrarlos. El cuadro, la hipótesis, como siempre ocurre, todavía puede completarse, mejorarse y corregirse.
Para cerrar, este libro es un intento de dibujar ese marco general: de dónde vienen los globalistas, cómo operan, cómo han colonizado el mundo, en particular Europa y España, y cómo se está organizando la reacción patriota. Sólo busca aportar claridad de análisis. Su objetivo es aportar luz frente a una estrategia que consiste en conquistar el poder de forma oculta y gradual: permeando partidos, administración pública, universidades y medios de comunicación, transformando el sistema desde dentro sin que la mayoría de la población sea consciente de ello.
Porque tengo la confianza de que cuando el rebaño siente que el pastor lo conduce al abismo, deja de seguirlo ciegamente. La confianza en que, trasladado a la humanidad, si entendemos la intriga subyacente dejaremos de formar parte de colectivos de izquierda o derecha y defenderemos ante todo nuestra condición de ciudadanos.
Carlos López Casanueva
Madrid, abril de 2026
