
Un simple vistazo a la secuencia temporal basta para constatar que la invasión de Ucrania, ejecutada por Putin —un dictador sin escrúpulos—, parece haber sido preparada por otros actores.
- 2008. Merkel y Sarkozy bloquean la entrada de Ucrania en la OTAN. Sin esta decisión, la invasión probablemente no habría ocurrido, pues la alianza habría servido como escudo protector.
- 2012. Se inaugura el Nord Stream I, uno de los mayores gaseoductos del mundo, que facilita la importación de gas ruso a Alemania y, desde allí, a otros países europeos. Schröder impulsa el proyecto mientras Merkel lidera Alemania, iniciando así una masiva financiación a Putin.
- 2014. Con Obama en la presidencia de Estados Unidos, Rusia invade Crimea. Merkel responde con amenazas de sanciones económicas, pero sin resultados concretos.
- 2015. Pese a las advertencias, Merkel intensifica la colaboración con Putin al promover el Nord Stream II.
- 2018. Trump alerta, en la OTAN y la ONU, sobre la dependencia energética de Europa respecto al gas ruso del Nord Stream, que financia a Putin y fortalece a un adversario. Alemania, sin embargo, mantiene esta línea de apoyo económico.
- 2022. Bajo la presidencia de Biden, Rusia reanuda su ofensiva en Ucrania.
- 2023. Zelensky y BlackRock firman un acuerdo para crear el Fondo de Desarrollo de Ucrania, destinado a la reconstrucción del país tras la guerra.
- 2025. Tras tres años de conflicto estable, con bajas podrían acercarse al millón de personas, los líderes globalistas europeos rechazan las propuestas de paz de Trump y continúan financiando a ambos bandos. Por ejemplo, Sánchez duplica las compras de gas español a Putin mientras reduce fuentes energéticas propias, como la nuclear.
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Si consideramos que Obama, Biden, Merkel y Sánchez forman parte de una élite globalista cuyo objetivo es debilitar las naciones soberanas en favor de un Nuevo Orden Mundial controlado por organismos supranacionales como la ONU, el relato cobra sentido por si mismo.
La guerra en Ucrania aparece como una trampa diseñada para erosionar a Estados Unidos y promover un multilateralismo globalista liderado desde la ONU. Un esquema similar al que se observa desde hace tiempo en Palestina —región que, casualmente, Sánchez también financia, demostrando su compromiso con esta agenda—.
Esta trampa persigue al menos tres objetivos clave:
- Demostrar que Estados Unidos no es omnipotente. No puede imponerse en un conflicto contra un enemigo con arsenal nuclear.
- Desgastar económicamente a Estados Unidos. La financiación a fondo perdido de Ucrania agota sus recursos.
- Limitar la geopolítica estadounidense. Impide que Washington frene la alianza entre Rusia y China.
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Analizando el panorama, los roles de los actores quedan más claros.
Zelensky desempeña un papel similar al de figuras como Gandhi o Arafat: un líder icónico que, lejos de ser espontáneo, defiende los intereses globalistas al abogar por una guerra prolongada. Este parece ser un patrón consolidado en la estrategia globalista.
Los líderes globalistas europeos demonizan a Trump y respaldan un conflicto estable.
Por su parte, Trump busca un acuerdo de paz, enfrentándose a la oposición de Zelensky y los globalistas. Su prioridad, presumiblemente, será evitar que Ucrania siga siendo una carga económica y un factor que condicione de manera desastrosa la geopolítica de Estados Unidos y el equilibrio mundial.
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P.S.1 (4 marzo 2025) Una buena noticia, Zelensky ha rectificado y acepta colaborar con el plan de paz que impulsa Trump: https://twitter.com/ZelenskyyUa/status/1896948147085049916
Una gran noticia. Puede ser el principio de una verdadera solución para Ucrania ya que cumple con lo esencial para que el plan no sea un engaño sino algo viable: sacar las manos de los globalistas de ahí.
Podemos describirlo con humor: Zelensky vio que quedaba en manos de sus compañeros globalistas y, claro, nada da más miedo a un pirata.
Pero en todo caso bienvenida la rectificación. El mundo necesita que se arreglen los problemas, no que se den satisfacciones o castigos personales.
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