
Uno de los lugares comunes de los muchos opinadores pretendidamente bienpensantes es equiparar a Trump a cualquier malvado. A Maduro, Hamás, el ayatola iraní de turno o, en nuestro caso, a Sánchez.
¿Cómo se llega a semejante absurdo? A través de dos distorsiones.
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La primera distorsión es juzgar por las formas. Trump puede parecer a muchos grosero, narcisista, caprichoso o lo que sea. Y esto puede llevar a que no guste como personaje. No es mi caso, quede claro, a mí en ese sentido me resulta un personaje duro pero a la vez tierno, con un punto despótico y despreciador pero a la vez valiente y honesto. Pero entiendo que haya mucha gente a la que no le guste.
Hasta ahí todo normal. Lo absurdo es que esto no debería tener mayor relevancia a la hora de valorar a un político si luego sus acciones nos pareciesen correctas: frenar la inmigración ilegal, combatir los regímenes terroristas o acabar con narco-estados que oprimen a su población y envenenan a los países donde actúan, por ejemplo a EE.UU..
¿Tendría sentido valorar a Churchill como político por su afición a la bebida? ¿A Reagan por sus actuaciones como vaquero de cine?
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La segunda distorsión es olvidar o perdonar los malos actos. Sánchez ha trampeado elecciones, miente constante y abiertamente, coloniza en su beneficio las instituciones y empresas, se alía con terroristas y golpistas y los blanquea, se ha rodeado de una red de corrupción, dejó sin asistencia a victimas como las del ELA o la DANA, ha abierto las fronteras y financia una inmigración sin control que ha incrementado brutalmente los delitos violentos…
¿Tiene algún sentido olvidar o blanquear semejantes acciones? ¿Más aún cuando no se ha retractado de ninguna de ellas?
Nota: Hablo de actos, no de supuestos actos como pretender que Trump quiso dar un golpe de estado cuando una manifestación invadió el Capitolio. Esa es una tercera variante de distorsión, mentir sobre los hechos. Pero ésta es más difícil de desmontar ya que no se basa en un planteamiento absurdo sino en el engaño.
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Las formas son algo a manejar con tolerancia, aceptando que cada cual tenga su imagen y maneras, nos gusten o no. Una tolerancia que brilla por su ausencia en muchos de los opinadores que hacen alarde de altos valores morales. Cuando se trata de las formas predominan los inquisidores.
Por el contrario, la tolerancia es negativa cuando se utiliza para blanquear actos malignos ya que es importante que sean rechazados por la sociedad, para evitar que sean aceptados. Esta tolerancia es sin embargo frecuente en esos mismos opinadores inquisitoriales con las formas.
Ambas distorsiones son tan groseras que su presencia constante en los medios sólo puede ser intencionada. Son campaña, propaganda engañosa. Yo lo aprendí de joven, viendo cómo en País Vasco se acababa denostando a las víctimas del terrorismo por sus formas (poco generosas y dispuestas a perdonar a los asesinos, decían) y blanqueando a los asesinos irredentos como supuestos hombres de paz a partir de cualquier manifestación biensonante.
No nos dejemos manejar tan fácilmente.
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